Monserrat Caballé, y Freddie Mercury se conocieron en 1987 en Barcelona, ciudad a la que más tarde dedicarían lo que se ha convertido en auténtico himno para la ciudad, llevando su nombre de título, y sirviendo para abanderar los Juegos Olímpicos de 1992.



Freddie Mercury y Montserrat Caballé.


Los orígenes de Farrokh Bulsara son tan exóticos como enrevesados. Nació en 1946 en Zanzíbar, un protectorado inglés hoy parte de Tanzania. Pero pertenecía a una familia parsi, de religión zoroástrica, y con arraigo en Bombay. Un lío.

A los 17 años, Farrokh, un chico delgado, de dientes prominentes, tímido, sensible y creativo, se vio de repente trasplantado al Sur de Inglaterra, donde se refugió su familia huyendo de la violencia.

Estudió en una Art School y pronto se enredó en la escena pop, donde se convirtió en un formidable histrión, de voz extraordinaria y talento efervescente, y también en un hedonista que apuraba todas las tinieblas y goces de la noche: Freddie Mercury.

Trece años antes del nacimiento de Farrokh, en el otro extremo del globo, en Barcelona, había visto la luz María de Montserrat Bibiana Concepción Caballé i Folch, española de padre catalán y madre valenciana.

Su infancia también fue complicada y la familia incluso llegó a verse en la calle tras un desahucio. La ayuda de un mecenas le permitió adquirir alta educación musical. Su voz perfecta hizo el resto: Montserrat Caballé, una de las mayores divas del siglo XX.

En 1983, Freddie, que ya había coqueteado con la ópera en canciones de Queen, acudió al Covent Garden para escuchar a Caballé en el «Baile de máscaras» de Verdi. La soprano lo conmovió y se propuso grabar algún día con ella.

En 1987, Freddie se planta en Barcelona para enseñarle una maqueta de canciones suyas que tal vez podrían registrar juntos. Quedan en el Ritz. Él se abalanza sobre el piano y le canta algunos temas, ejecutando la parte de la soprano. Caballé acepta. Conectan al instante.

Ningún hecho diferencial lastra la comunión de dos seres tan dispares. Grabarán un disco universal, «Barcelona», y serán amigos hasta la muerte de Mercury en 1991. Ocho meses después, su dúo abre Barcelona 92. Él ya solo puede secundarla desde el frío de una pantalla.

«Montsy», como él la llamaba, y Freddie fueron amigos hasta el durísimo ocaso del cantante, encerrado en su mansión de Kensington y sufriendo terribles padecimientos.

Durante la grabación del disco, Mercury, reservadísimo sobre su enfermedad, tropezó con ella un día en el estudio y la tocó al sujetarse. Entonces le confesó su dolencia, por temor a infectarla (en aquellos días no estaban claras las vías de contagio). «Ahí supe que me consideraba una verdadera amiga».

En una visita en Kensington, Montserrat le habló de su amor por Chopin. Freddie se sentó al piano y tocó al polaco para ella hasta el alba. En otro viaje a Londres lo telefoneó para acudir a verlo: «No vengas. No estoy presentable», le rogó.

Entonces Caballé le puso al teléfono la grabación que acababa de efectuar de un aria de «El Fantasma de la ópera», musical favorito de Mercury. Un gracias quebrado por la emoción fue lo último que le llegó de él. A estas horas ya estarán cantando juntos. O eso espero.





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